CIUDAD DE MÉXICO (20 de septiembre de 2017).- “Aún estoy shockeada, no lo supero todavía”. Así me contesta la señora Luz que, con todo y sus muletas, decidió abrir su puesto de dulces ubicado en Miramontes, uno de los puntos más afectados por el temblor de 7.1 de este martes.

No es la única. Muchos de los vendedores u ofrecedores de servicios en Villa Coapa (Tlalpan), con todo y sus caras pálidas, relatan “dónde les agarró el temblor”. Pericoapa solo tiene a algunos trabajadores que aún reparan los daños, barren los vidrios y levantan la mercancía que terminó en el suelo.

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Un gimnasio y una tienda de colchones desaparecieron bajo los escombros que ahora sorprenden a los vecinos de Calzada del Hueso. En Galerías Coapa está todo cerrado, menos el estacionamiento que –uno a uno- recibe a los dueños de los autos que ya llevan un día encerrados.

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Antes de llegar a avenida Acoxpa, está Suburbia con su fachada –ahora- desquebrajada; y el restaurante Sanborns, uno de los más viejos testigos de la colonia, solo parece tener los vidrios rotos. Los arcos del tradicional mercado de Villa Coapa ya no existen.

Mientras caminas por calles y sobre sus severas grietas, llegas a Prolongación División del Norte. Ahí, asombran los gritos de los brigadistas que reciben la ayuda de los donadores y la pasan en cadena humana; y a la par, percibes el dolor y preocupación de los vecinos.

Son militares, marinos, policías capitalinos y federales los que guían los trabajos. Hay un edificio a punto de colapsar en la esquina de Hacienda de La Escalera. Un policía grita a los curiosos que se alejen. El olor a gas de la noche anterior ha desaparecido.

Llegas a la cadena de seguridad, a la zona cero. Donde la escuela Enrique Rébsamen colapsó y sepultó a decenas de niños, maestros y trabajadores. Entre los curiosos, vecinos, familiares y prensa nacional y extranjera, los voluntarios son los maestros de orquesta.

Un puño arriba y todos en silencio. Una cuadra hacia adentro en Las Brujas, los equipos de rescate tratan de hacer su trabajo exitosamente. Afuera, todos, esperando buenas noticias. Es tensión, preocupación y esperanza. La mezcla de todos.

Pasan unos minutos… Pocos. Y regresa la actividad y ruido “normal” del lugar. Pasan ambulancias por los cercos controlados por los policías y militares. Siguen circulando las botellas con agua, la comida, los jugos, mientras se repite el ciclo.

Anoche, los jóvenes encabezaban los trabajos. Caras que no superan los 20 años recibían los donativos y formaban los cercos, mientras que, a gritos, pedían la ayuda y la hacían pasar. Este miércoles, eran rostros más maduros, más serios, más cansados, más preocupados. Pero ninguno muestra rendirse.

De ese punto hasta Calzada del Hueso hay -por lo menos- cuatro viviendas con serias afectaciones. En tres de ellas fue necesario el desalojo. Afuera de uno de esos portones, un sujeto se sienta con un cigarrillo en la mano y un refresco en la otra. La suciedad en las botas y en el pantalón acredita su trabajo voluntario; y su tobillo torcido, su incapacidad posterior.

Mientras tanto, en las calles siguen caminando decenas. Hay grupos de ciclistas decididos a ayudar a quiénes los necesitan. Otros van en camionetas, autos, motocicletas que lucen letreros de “Traemos ayuda”, “Llevamos agua”, “Con medicamentos”, “Comida y víveres”.

Es un éxodo que no pretende huir, sino como buen mexicano quiere ayudar a su vecino. Como siempre, mostrando la mejor cara de nosotros.

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Por Pamela Nieto

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